Persona viendo Netflix en su cama

Netflix: las series en cámara rápida y la vida desinstalada

La plataforma de vídeos anuncia que permitirá a sus usuarios cambiar la velocidad de reproducción de los contenidos.

 

Estamos asistiendo a un fracaso colectivo. La humanidad, como con otros tantos retos que nos plantea nuestra propia evolución, no ha sabido adaptarse a la revolución tecnológica que supone llevar un ordenador en el bolsillo. Es duro, pero debemos aceptar la realidad tal y como es.

Esta tragedia de la cual empezamos a concienciarnos se traduce en el mundo audiovisual como una saturación de contenidos que lapida a los espectadores. Si nuestros abuelos se perdían la emisión de un programa que les interesaba, no les quedaba más remedio que fastidiarse. Nuestros padres, si eran precavidos, podían grabarlo en una cinta VHS para su posterior consumo, aunque eso ya comportaba el esfuerzo de comprar la cinta y programar la grabación. Para nosotros, en cambio, no supone ningún drama perdernos la emisión lineal de un formato, si es que aún consumimos en lineal. Paradójicamente, eso es lo dramático.

Nos hemos acostumbrado a poder acceder a los contenidos en cualquier momento, desde cualquier lugar. Contenidos que cada vez son mayores en cantidad, creados por cada vez más empresas –o, incluso, usuarios– y disponibles en cada vez más plataformas. Lo que la TDT nunca llegó a conseguir, lo ha logrado internet. Y a qué precio…

Sería lógico confiar en la autorregulación de los espectadores y pensar que ante una multiplicación exponencial de los contenidos, cada usuario elaborará su propia dieta audiovisual, consumiendo lo que más le interese e ignorando el resto. ¡Inocentes! Lo que hemos ignorado es el síndrome FOMO (‘fear of missing out’ en inglés, es decir, el miedo a perderse algo).

Según datos oficiales de Google, cada minuto se publican 500 horas de contenido nuevo en YouTube, a las que tendríamos que sumar las horas de contenido nuevo en servicios a la carta y plataformas VOD. De nada sirve que calculando racionalmente veamos que nunca vamos a poder consumir todo ese contenido, ni que nos dedicásemos exclusivamente a ello. El simple hecho de conocer su existencia nos genera ansías por absorberlo.

Como consecuencia, las plataformas empiezan a permitir a los usuarios cambiar la velocidad de reproducción de los contenidos para poder consumirlos en cámara rápida. Primero YouTube, ahora Netflix. Hasta existe un nombre para definir a quienes usan esta funcionalidad, los ‘fasters’. Ya ni entro en el debate de si este tipo de consumo respeta las decisiones creativas de los autores, ni siquiera si permite disfrutar realmente de los contenidos. Me preocupa que los roles se intercambien y acaben siendo las series las que nos consuman a nosotros. Reflexionemos sobre cómo queremos vivir, dentro y fuera de las pantallas. 

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